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LOS BUSCADORES DE VIDAS
ANTERIORES, ¿SABEN A DÓNDE VAN?
Por Alejandro Agostinelli
El autor de este artículo se sirvió del film argentino "No te mueras sin decirme a dónde vas" (Eliseo Subiela, 1995) para revisar la controversia sobre la reencarnación y el caso de los psicoterapeutas que aseguran regresar a sus pacientes a vidas pasadas. En ocasión del estreno de la película, él y una joven cronista visitaron a un excéntrico gurú, viviendo una experiencia poco menos que bizarra.

Yo solía creer en la reencarnación, pero eso era en una vida anterior.
Paul Krassner

"Si ves el amanecer, decile que no cuente conmigo", rezaba desde el féretro un morto che parla. Leopoldo, el triste operador de cine, oye hablar al muerto sin inmutarse. No es para menos: el asombro es una capacidad que perdió hace rato. Va de aquí para allá con una planta tan sensible que cuando siente miedo se echa a temblar, lo que comprueba abrochándole unos electrodos en sus hojitas. Porque Leo, sobre todo, tiene algo de parapsicólogo. Sus experimentos son tan espeluznantes que, cuando en su laboratorio la energía se le escapa de las manos, las descargas mentales consiguen hacer vibrar la platería.

Leopoldo cree en cosas inverosímiles. De hecho, sus creaciones demuestran que lo increíble puede ser real. Sin embargo, nunca se había planteado la existencia de la reencarnación. Leopoldo (Darío Grandinetti), el protagonista de No te mueras sin decirme a dónde vas (Eliseo Subiela, 1995), es nada más que un loco manso que deseaba revolucionar el psicoanálisis. Para eso construyó un recolector de sueños, instrumento que le permitiría salvar las distancias de la memoria, la traducción y el lenguaje que abruman a los exégetas de los sueños del diván.

La fabulosa máquina extinguiría la magia del submundo onírico, apoderándose del misterio para poder monitorear y registrar pensamientos. Pero lo que había inventado era un aparato con el que establecería contacto con la mujer de sus sueños, o con el espíritu del amor de su vida eterna. Rachel (Mariana Arias) se había cristalizado en materia densa para meterlo en un alucinante carrusell de prodigios paranormales: Leo pronto ve el aura de la gente, disfruta sensaciones de diarrea afectiva e incluso levita y asiste a materializaciones como las del Sai Baba.

Las dudas del personaje en torno a la naturaleza de su experiencia lo llevan a preguntarse si Rachel no sería un agente extraterrestre, o si con su artefacto no había conseguido entrar a otra dimensión, aunque para su amigo Oscar (Oscar Martínez, una especie de Stephen Hawking del subdesarrollo) sólo podía tratarse de la dimensión de los manicomios.

"Yo quisiera saber qué debo hacer con mi cuerpo mientras no soy espíritu", se le dibujó en el globo de un sueño al autor de estas líneas la noche en que asistió al film. El mensaje a lo mejor era una metáfora relacionada con su sedentarismo o simplemente era otra vuelta de tuerca de su misticismo científico, por sólo citar apenas dos del montón de ideas que puede disparar la película de Subiela. Lo cierto es que No te mueras... es una desencarnada exhibición de las creencias más populares de fin de siglo. Sólo por eso vale la pena verla y preguntarse: ¿Cómo se vive la ilusión de rememorar vidas remotas en aquellos espacios donde estas mitologías se funden con la realidad?

VOLVER AL PASADO
Los peregrinos del circuito ‘New Age’ porteño cuentan con diferentes alternativas para retrotraerse a vidas anteriores. La escuela de pensamiento más difundida es aquella que propone acceder a esas visiones por medio de la hipnosis regresiva. Este estilo de psicoterapia promete un viaje hacia las profundidades del alma, el espacio y el tiempo para soltar anclas en existencias que causaron heridas que perduran en las actuales.

Bajo los nombres Terapia de Vidas Pasadas, Hipnoterapia Holística o afluentes de la llamada Psicología Transpersonal, los profesionales del Karma sumergen a sus fieles en un estado de ensueño dirigido que muchas veces no logra sino plasmar el deseo de los buscadores espirituales: seminarios, cursos y sesiones son frecuentados por interesados a quienes no es preciso convencer. A esta altura del milenio, la reencarnación es una creencia plenamente occidentalizada.

El autor decidió visitar a un hipnoterapeuta holístico atraído por el anuncio que regularmente publica en el rubro donde un matutino argentino clasifica videntes, astrólogos y chamanes. En la chapa de bronce que brilla sobre el portero eléctrico se lee el nombre de una Fundación, que por dentro se parece más a una iglesia de la Era de Acuario que al clásico consultorio esotérico donde una bruja que no parece bruja tira las cartas.

El Centro de Evolución Espiritual es dirigido por Gustavo Osis, un maestro que hipnotiza por 50 pesos la sesión. Es regordete, peludo y hace un ademán suave cuando invita a pasar a sus clientes truchos. Tiene una sonrisa que parece pintada, como la barba blanda y gris que cubre su cara redonda. Sus ojitos brillan alegres como si ya conociera la respuesta a la pregunta ¿qué los trae por aquí? Su ropa es blanca y limpia como en las tandas de jabón en polvo o como sus zapatillas, que se saca -y hace sacar- antes de entrar a la habitación. Sobre el piso frío se extiende una alfombra persa. Más allá, un sillón como un trono para el maestro, almohadones con puntillas, manteles de seda y el sofá redondo y mullido donde se relajan sus clientes. Al costado, un altar repleto de estatuillas de metal, cerámica y estampitas de Jesús, Buda y Krishna. El Buda de la abundancia preside el pesebre ‘New Age’, coronado por la Biblia y un macizo trozo de cristal de cuarzo.

EN TRANCE
Natalia Otazúa (21) -la cronista que se prestó para el experimento-, aceptó que Osis la llevase a sus vidas anteriores más por amor al periodismo que por obediencia a su fe religiosa, que excluye la creencia en la reencarnación. No tenía opinión formada y ni siquiera le interesaba mucho averiguar quién había sido, si es que alguna vez había sido alguien más aparte de ella misma, en una vida anterior. Sin embargo, el reclamo de Natalia a Osis sonó convincente: "Siempre quise saber quién fuí", le dijo.

En verdad, el apellido de Osis tampoco es Osis. En el momento el maestro no supo que sus nuevos clientes eran periodistas, hecho que se ocultó no por malicia sino porque -con el oficio al descubierto- hubiera quedado poco de la magia y la frescura que es de agradecer en estos casos.

"Esto es algo serio", arrancó Osis antes de crear el clima explicando el sistema de creencias al que había que adherir para que la terapia fuera efectiva. "Una sola sesión no te va a alcanzar para saber quién fuiste. Hace falta un mínimo de tres sesiones. Esperar saberlo todo hoy es como si compraras un Mercedes Benz para ir hasta el corralón de acá a la vuelta".

Distendida y con los ojos cerrados, Natalia relató -con frases cortas pero seguras- el itinerario de sus otras vidas. Pero un bache temporal hizo zozobrar una de sus encarnaciones. El maestro lo notó. Sin embargo, se mostró complacido: "Entraste muy bien en trance, ahora estás lista para volver al mismo estado cuantas veces quieras".

"Osis", sencillamente, había descubierto que Natalia era lo que los psicólogos llaman un sujeto hipnótico. "Es verdad: soy sugestionable y muy supersticiosa. Eso hizo que me entregara fácilmente", señaló Natalia al salir del Centro Espiritual. El autor de estas líneas se autodescartó como cobayo: sus creencias son tan contrarias a la hipótesis de volver al mundo encarnando el cuerpo de, digamos, un ferviente creyente en la reencarnación, que Osis sólo podría regresarlo hasta la semana pasada, con Oriente a favor.

COCKTAIL DE RELIGION
La experiencia no terminó allí. Regresada y testigo discutían acerca de la buena o mala fe del gurú a bordo de un taxi pilotado por Sergio, un flacucho de pómulos angulosos y gorro de lana que asestó: "Disculpe que me entrometa, jefe. Pero no permita que la chica vea tipos como ese: meten bichos en el cuerpo". ¿De qué bichos habla? "Son diablos malignos, espíritus bajos. Flotan perdidos por ahí buscando cuerpos a dónde meterse. No tienen nada que ver con la reencarnación".

Al mencionar que el maestro era devoto de Krishna -aunque también de Jesús y Buda-, el taxista puso el grito en el cielo: "¡Noooo! ¡Eso es una ensalada total! Además, Krishna es sabio: para que la gente tenga una vida normal, borra de la memoria las encarnaciones anteriores". La cultura religiosa del tachero era sorprendente. ¿Dónde aprendió todo eso? "Vea -respondió. "Mi hermano es Hare Krishna, mi madre Testigo de Jehová y mi mejor amigo estuvo años en un templo umbanda, donde le sacaron hasta el último peso. Lo llevé a mi iglesia y sanseacabó". Perdón, pero ¿a qué religión pertenece? "Soy evangélico, y voy a una parroquia cerca de Haedo. Hágame caso: vaya a una iglesia cristiana sencilla y olvídese del resto".

¿Con qué o quién podría identificarse Sergio si viera la película de Subiela? El paraíso ‘New Age’ no debería ser un privilegio de la clase media. ¿O sí?

Primera publicación: Sección "En Trance", diario La Prensa, Buenos Aires, 19 de junio de 1995. © Alejandro Agostinelli. Todos los derechos reservados

 

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