|
Se cuenta que el rey de Castilla Alfonso X "El
Sabio" comentó en cierta ocasión que si Dios
le hubiese consultado a la hora de la Creación, habría
podido ofrecerle algunos valiosos consejos. Poco importa que los
historiadores pongan en cuestión la veracidad de esta anécdota,
lo cierto es que todos nosotros hemos caído alguna vez
en este pecado de orgullo, creyendo que podríamos hacerlo
mejor que el Creador. Por suerte (o por desgracia, quién
sabe), nadie nos ha tomado la palabra.
Si hemos de creer en Hollywood,
mejor que haya sido así, a juzgar por lo que le sucede
a Bruce Nolan (Jim Carrey), un cronista
de la televisión local de Buffalo (EE.UU.) cuando un Dios
negro y políticamente correcto (Morgan Freeman) decide
ofrecerle tal oportunidad, al cabo del peor día de su vida.
Bruce se convierte en un dios egoísta, lujurioso, vengativo
y, obediente al perfil propio de Carey, gesticulador hasta el
aburrimiento, cuyo único triunfo fue lograr que su
perro haga sus necesidades en el inodoro. Nada muy distinto de
los dioses griegos y romanos de la Antigüedad. Sin embargo,
debe respetar una norma básica, el libre albedrío,
y así es como pierde a su compañera, su verdadero
amor. Naturalmente, tratándose de una comedia, al final
la recuperará, pero no destriparemos como, aunque a estas
alturas resulta evidente que no será a través de
sus recién adquiridos poderes.
Cierto que Dios, como cualquier
entidad todopoderosa que se precie, no había sido totalmente
generoso en su oferta y la supuesta omnipotencia otorgada a Bruce
se extendía sólo en el radio de acción de
unos pocos kilómetros (excepto verticalmente, porque logra
acercar la Luna y provocar la caída de un meteorito). Pero
lo mejor que se le ocurre al desbordado Bruce es conceder todos
los milagros que le solicitan los creyentes. Algo que podría
dar mucho juego, ante la imposibilidad de atender peticiones contrapuestas,
pero que acaba plasmado en que miles de ciudadanos ganan la lotería
local y al repartir entre tantos, les toca tan poco que montan
unos tremendos disturbios callejeros que acaban derribando al
ídolo de barro (un letrero del propio Bruce, convertido
en presentador estrella). Se lo tiene merecido, resulta patético
desperdiciar tanta omnipotencia separando en dos un plato de sopa
de tomate, abriendo paso a su espectacular deportivo en un atasco,
o haciendo realidad los comentarios soeces de un pandillero.
Aunque se trate de una simple comedia,
hubiera sido interesante haber ido algo más allá
de esa burda excusa para la inoperancia divina ("desde cuando
la gente sabe lo que quiere") y de ese trillado mensaje paternalista
de que el verdadero poder para el cambio está en la propia
gente y en la ausencia de egoísmo.
En resumen, y como era de esperar,
una entretenida película para ver con los niños
si les gustan las muecas y payasadas, pero carente de cualquier
reflexión seria sobre lo que significa ser Dios.
|